Salvando el ecosistema mientras

creamos medios de vida

Miriam Pérez, de 52 años, se viste despacio y con cuidado, asegurándose de que cada centímetro de piel esté cubierto. Ella enciende un ahumador de acero inoxidable para darse otra capa de protección. Las abejas en la cima de la colina empinada no son sus enemigas, pero pueden ser agresivas si se las enfada.

“El humo las marea un poco”, dice Pérez. “Cuando aplicas el humo, pueden intentar atacar o picar, pero se confunden. Así que esto ayuda a controlarlas y reduce los riesgos inherentes a la apicultura”.

Las abejas juegan un papel clave en la mitigación del cambio climático a través de la polinización, ya que transfieren granos de polen de una planta a otra, permitiendo la fertilización y la producción de semillas. Pero en todo el mundo, las poblaciones de abejas han ido disminuyendo en las últimas décadas por una serie de razones, como la pérdida de hábitat, las prácticas agrícolas intensivas, los cambios en los patrones climáticos y el uso excesivo de pesticidas.

En el municipio de La Reforma, departamento de San Marcos, el proyecto Conservación y Restauración de Paisajes Forestales de CARE está trabajando con 10 familias para impulsar la población de abejas, no solo para ayudar al medio ambiente, sino también para generar ingresos adicionales para las familias.  El café y el caucho son las principales exportaciones en esta zona, y los jornaleros pueden trabajar 10 horas diarias bajo el sol para ganar 50 quetzales, menos de US$7.

“Hay una falta de oportunidades en general en esa zona”, dice Roberto Chuc, coordinador del proyecto para CARE Guatemala. “Y hay una gran brecha entre los pobres y los ricos”.

La iniciativa de apicultura es parte de una estrategia multifacética de justicia climática a 10 años financiada por el Fondo para la Conservación de Bosques Tropicales (FCA), una colaboración entre los gobiernos de Estados Unidos y Guatemala para restaurar los bosques tropicales y fortalecer las oportunidades de subsistencia en las comunidades indígenas. En esta área en particular, CARE ha estado implementando proyectos durante aproximadamente un año y medio, llegando a un total de 3,750 personas: 1,768 mujeres y 1,982 hombres.

Además de la apicultura, los proyectos van desde la reforestación comunitaria hasta la instalación de estufas ahorradoras de energía que utilizan la mitad de leña que antes.

Las abejas mismas son una metáfora inspiradora, ya que representan una comunidad relativamente perfecta donde todos contribuyen. Son laboriosas y armoniosas, y tienen un objetivo común. Además de la miel, producen cinco productos que se utilizan de diversas formas con fines nutricionales y medicinales: polen, jalea real, cera de abejas y propóleo.

En La Fe, comunidad agraria de Miriam Pérez, 10 familias contribuyen al mantenimiento de 20 cajas preparadas para albergar colmenas. Deyvid Velásquez, especialista en cambio climático de CARE Guatemala, capacitó a las familias y brinda apoyo continuo para garantizar el bienestar de las abejas.

“Después de tres meses, hemos podido cosechar dos veces”, dice Velásquez. “La miel es muy oscura, muy pura, porque se maneja de forma orgánica. No hay químicos. Esa es la esencia de la miel aquí.”

“Este proyecto se trata de desarrollar capacidades y fortalecer la resiliencia de este grupo de mujeres”, agrega. “También estamos creando planes de negocio para ellas para que puedan colocar sus productos en el mercado. Tienen un producto de muy alta calidad, que se venderá en otras zonas del país – y si es posible – se exportará.”

Al menos una vez a la semana, Pérez va a pie o en tuk-tuk a ver cómo están las colmenas, ubicadas a unos 3 kilómetros de su casa y de la abarrotería, donde la miel de La Fe, que lleva con orgullo el nombre de la comunidad, se exhibe en un lugar destacado.

 “No sabía nada de apicultura”, dice ella. “Ahora realmente lo disfruto. Salgo sola y hablo con las abejas. Cuando llego, les digo: ‘Hola, mis amores. Ya estoy aquí.’ Nunca imaginé que haría esto. Somos muy pobres y esto realmente ayuda a todas las familias aquí.”

Las 10 familias comparten las tareas de mantener las colmenas, extraer y embotellar la miel, y comercializar su producto. Un frasco pequeño se vende por 20 quetzales (US$2.50) y uno grande por 40 quetzales.

CARE tiene otros proyectos de justicia climática en esta área, incluyendo iniciativas de crianza de peces en estanques y producción de hongos comestibles. “Todo está ligado al medio ambiente”, dice Velásquez. “Les enseñamos cómo cuidar los recursos hídricos, por ejemplo, y cómo utilizar los residuos domésticos para cultivar hongos comestibles. Cada proyecto tiene un objetivo especial, conectado con los ecosistemas y los bosques.”

En esta comunidad, el proyecto comenzó con 10 cajas blancas colocadas en un área abierta del bosque que recibe suficiente luz solar y sombra, rodeada de plantas y árboles con flores, y con una fuente de agua cercana. Las cajas están ubicadas de manera que las abejas se despierten tan pronto como sale el sol, para que puedan comenzar a buscar alimento temprano. Cada caja contiene 10 marcos, donde las abejas construyen sus panales. En unos 20 días, la miel está lista para cosechar.

 Las 10 familias participantes ayudan a garantizar que las abejas estén bien alimentadas, especialmente en invierno, y evitan que las hormigas invadan las colmenas. Luego, todos participan en la extracción de la miel, su embotellado y venta. Una vez calculados los gastos, las ganancias netas se dividen equitativamente entre las familias.

Pérez,  es la líder del grupo y la mayor defensora de la apicultura como una empresa generadora de ingresos y ambientalmente responsable. Su único hijo, ya mayor, emigró a Estados Unidos hace años en busca de oportunidades de subsistencia.

“Muchas mujeres no quieren hacer este trabajo porque tienen miedo, o son alérgicas a las picaduras”, dice Pérez. “Tienes que tener pasión por las abejas. Realmente las amo. Y me encanta hacer esto. Me siento orgullosa de saber hacer esto: obtener la miel y los beneficios para las familias. Nunca soñé que estaría trabajando en esto. Pero mira dónde estoy ahora.”

La gente de esta comunidad puede que no use el término “cambio climático” en su día a día, pero lo ven todos los días. Hace años, llovía más. O llovía en mayo. Ahora tienen que esperar hasta junio o julio. Ven todos los cambios, dice Velásquez. Y también ven los beneficios de la adaptación al cambio climático.

 “Estamos contribuyendo a la conservación de los ecosistemas nativos mientras producimos un recurso económico para la comunidad”, dice Velásquez. “Por eso es importante entender la relación entre las abejas, los ecosistemas donde viven y las personas que también viven allí.”